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Los trucos de belleza de la mujer romana

Los trucos de belleza de la mujer romana

¿Quién no ha fantaseado en algún momento con los productos y los utensilios de tocador que usaban las mujeres de la antigua Roma? Mesalina, Popea, Lesbia, Livia, Julia… son nombres de personajes históricos y literarios que evocan un universo de fascinación y seducción.

Publio Ovidio Nasón, el autor romano de las célebres ‘Metamorfosis’ y ‘Ars Amandi’ (el Arte de Amar), podrías considerarse como el precursor de los blogueros y blogueras de belleza de nuestros días, ya que nos ha dejado mucha información sobre los trucos de belleza de las mujeres de su época.


El escritor, nacido en Sulmona (Samnio en el 43.ac) es el autor de ‘Cosméticos para el rostro femenino’, un breve opúsculo muy ilustrativo sobre los usos y costumbres de las romanas.  Algunas de las recetas de belleza que ofrece sirven para demostrar cuanto hemos avanzado en materia de cuidados dermatológicos.


He aquí una de ellas para dar luminosidad de la tez: “No dudes en tostar pálidos altramuces y fríe al mismo tiempo las tumescentes habas: de unos y otros  pon un peso igual de seis libras y haz moler los unos y los otros en lenta muela. No dejes de añadir albayalde (carbonato de plomo) ni espuma de nitro rojo, ni lirio procedente de Iliria”.


Los nada saludables consejos del gran poeta eran seguidos a pies juntillas por las matronas y jóvenes romanas, que, por aquel tiempo, y según testimonian autores como Plinio el viejo, Propercio o Juvenal utilizaban los más increíbles productos como ingredientes de sus cosméticos.

La mayor obsesión de las romanas era la blancura y uniformidad del rostro. Entonces no se distinguía entre las pecas, las manchas solares y las denominadas como manchas de vejez. Todas ellas eran un estigma en el rostro de una mujer coqueta que había que borrar a cualquier precio. El prototipo del rostro ideal de una romana sería el de alguien como Nicole Kidman.

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Los remedios eran muy variados: desde el ya mencionado carbonato de plomo, peligrosísimo, hasta ingredientes menos lesivos o inocuos como la cera de abeja, la espuma de la cerveza, el agua de rosas, el pepino, las amapolas o el hueso astrágalo  de una ternera hervido durante cuarenta días hasta conseguir una preciada gelatina que se aplicaba como mascarilla.


Muy apreciados eran también los excrementos de cocodrilo y estornino, así como los deshechos de los nidos de los pájaros, la médula de cierva y también la lanolina, extraída de los vellones de las ovejas.


El rimmel de entonces, muy demandado por ser consideradas las pestañas cortas signo de promiscuidad y mala conducta, se fabricaba con huevas de hormigas y moscas machacadas.

No es de extrañar que el bueno de Ovidio, que fue desterrado por Octavio Augusto por incitar a las mujeres a la inmoralidad, se expresara así en la obra que le costó el exilio, el Libro III del Ars Amandi ( Del arte de conquistar y retener al hombre) :


“Que no llegue a ver vuestro amante los frascos por el tocador: el artificio embellece el rostro, cuando no se nota: ¿A quien no repugnarían las heces del vino embardunando todo el rostro  y cayendo, al resbalar por su peso, hacia los tibios senos?…Esos afeites os harán bellas, pero no son agradables de ver, pues muchas cosas son de repugnante ejecución, pero agradables después de hechas”.


Como puede comprobarse, hemos avanzado mucho en el terreno de la dermatología y la cosmética. Ni se os ocurra probar ninguno de los trucos de belleza que incluyo en esta entrada.


Lo único aprovechable de las costumbres romanas en este ámbito es el alto concepto que se tenía de la higiene y su afición por las aguas termales. Hombres y mujeres compartían normalmente los mismos espacios, aunque ellas iban por las mañanas y ellos por la tarde.


Algunas de las termas disponían de espacios únicamente destinados al público femenino, estas zonas se denominaban como ‘Balnea’, origen del término que denomina a los actuales balnearios, como el de Uriage les Bains, en las proximidades de Grenoble, el lugar donde se obtiene el ingrediente principal de los cuidados dermatológicos Uriage, el Agua Termal de Uriage.

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